Discurso al recibir condecoración de Francia

Muchas gracias a todos ustedes por estar el día hoy aquí, con la hospitalidad de la embajada francesa, sobre todo de mi amiga la embajadora Maryse Bossière.

En primer lugar quiero agradecer la presencia del secretario de Relaciones Exteriores de mi país, José Antonio Meade.

Quiero hacer lo propio con mis amigas y amigos diputados federales, a través del presidente de la Cámara de Diputados, Silvano Aureoles Conejo

También saludar a mis amigas y amigos senadores a través de mi gran amigo Emilio Gamboa Patrón, quien es el presidente de la Junta de Coordinación Política de la Cámara de Senadores.

Hago también especial mención a quienes han sido considerados y tienen la alta distinción de ser miembros de la Legión de Honor en grado de Caballero, y algunas amigas y amigos míos, quizá nuestra jefa superior.

Lo hago reconociendo la presencia de mis amigos, el presidente del Partido de la Revolución Democrática, del gobernador, de los coordinadores parlamentarios, y de todos aquellos que saben el valor de la política y, sobre todo, de una representación del pueblo de México tanto en las Cámaras de Senadores como la de Diputados.

Amigos todos, familia, hoy aquí presentes:

Expreso mi más profundo agradecimiento al recibir por conducto de la excelentísima señora embajadora, Maryse Bossière, la alta distinción de nombrarme Caballero de la Orden Nacional de la Legión de Honor de la República Francesa.

Al ser condecorado por el gobierno que usted dignamente representa, implica al de la voz, una gran deferencia, al tiempo que me honra y compromete, pues al ingresar al selecto grupo de ciudadanos de todas las nacionalidades que la han recibido, me obliga a esforzarme para estar a la altura de los objetivos de la Legión y, sobre todo, promover sus valores.

Mi compromiso es mayor cuando la han recibido compatriotas míos que han sobresalido en distintos ámbitos de la cultura, del periodismo, del arte, la ciencia, de las actividades económicas y políticas, con quienes comparto mi admiración por la entrañable nación francesa, el sentimiento de amistad hacia su valeroso pueblo y el apego a los principios universales de los que ha sido cuna.

Como todo adolescente –ya no quiero platicarles lo que hice porque hace un momento lo dijo mi amiga embajadora–, siempre interesado en la política, mi acercamiento a esos principios se dio por la puerta de la historia.

Recuerdo bien, el impacto que me causaron los sencillos y contundentes conceptos de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, en particular, que los hombres nacen iguales en derechos, y que las distinciones sociales no pueden fundarse más que sobre la utilidad común y nadie debe ser molestado por sus opiniones ni por sus creencias, mientras su manifestación no altere el orden público definido por la ley.

Después supe que en esos valores está sustentada la modernidad democrática; la modernidad democrática fundada en la tradición de la Revolución y la República francesa, con sus principios convertidos en lema que, después de 200 años, siguen siendo un faro para la civilidad: igualdad, libertad, fraternidad.

Es así que entonces también leí con emoción, las palabras que el gran Víctor Hugo, en días aciagos para él, dirigió a los mexicanos que enfrentaban la invasión extranjera en 1863: "no os hace la guerra Francia: es el imperio. Estoy con vosotros, vosotros y yo combatimos contra el imperio; vosotros en vuestra patria, yo en el destierro… valientes hombres de México, resistid… la República está con vosotros y hace ondear sobre vuestras cabezas la bandera de Francia”.

Encarnaba el grandioso poeta y novelista el espíritu de la Francia de las libertades, la que vio nacer al ciudadano moderno. 

Al tiempo prevaleció la República en Francia y en México. Desde entonces compartimos valores que se han mantenido a lo largo de los años y a pesar de nuestras distintas realidades y recorridos históricos paralelos.

Es así como hoy, en momentos en que somos testigos de grandes cambios y enormes desafíos en el orden internacional, creo es necesario volver la mirada a los grandes logros de la ilustración y el estado liberal moderno.

Como lo señaló en ocasión similar nuestro Carlos Fuentes, gran escritor, amigo de Francia: “de lo que se trata ahora es de darle a la globalización su legalidad, de darle legalidad a la realidad y de darle a los hechos sus derechos".

Gracias a los valores compartidos, hemos sabido sortear dificultades y fortalecer nuestra relación bilateral. Decía el presidente François Hollande –en abril pasado– que desde la visita del General de Gaulle a nuestro país, hace 50 años: presidentes franceses y mexicanos actuaron de forma mancomunada, dijo, para potenciar y ampliar las relaciones entre ambos países, así como los intercambios. A veces, dijo, tuvimos momentos difíciles, pero siempre los hay entre grandes pueblos. Lo dijo, con justa razón.

Es que mi experiencia en el Congreso mexicano me ha hecho –y nos ha hecho a muchos de quienes aquí nos encontramos– compartir con el Senado francés la importancia de la fuerza de la diplomacia parlamentaria, esa cuando en momentos difíciles aparecen los problemas, pero también se enseñan los parlamentos.

Quizá, esa fuerza viene por su constante discutir en los parlamentos, donde se distinguen los límites de los conflictos y es cuando el valor de la palabra se vuelve esencial, todo para no perder los objetivos y extraviarnos en el acontecer cotidiano.

Así, los profundos sentimientos de fraternidad que unen a nuestros pueblos no sólo permanecen intactos, sino que se han fortalecido. No hay aspecto que no haya crecido en el intenso intercambio que México y Francia sostienen en la cultura, el comercio, las finanzas, así como en la política y la diplomacia parlamentaria.

Este último aspecto ha sido posible desarrollar, gracias a las reformas modernizadoras de nuestro régimen político, que han consolidado al Congreso como un actor fundamental en el equilibrio de Poderes de la nación.

Son reformas transformadoras que México ha emprendido buscando recuperar la senda del crecimiento con equidad; erradicar la desigualdad y la pobreza que nos laceran; y consolidar un régimen de libertades regidas por el Estado de derecho.

Somos –todos– unos convencidos de que no hay dificultades, por grandes que sean, que no podamos superar si perseveramos en la búsqueda de la justicia y la verdad, y si mantenemos indeclinable la voluntad de acción que hemos desplegado para construir un Estado democrático y de derecho, y el régimen de libertades; ese régimen de libertades que tiene como referente fundamental la tradición democrática francesa.

Así, retomamos la actitud crítica de la ilustración francesa y la modernidad contemporánea, así como la tradición liberal del Estado acotado por la ley y el ejercicio del gobierno mediante la discusión, la atención y el reconocimiento de los derechos de todos.

Es que la tolerancia es indispensable para cultivar la crítica y ejercer el gobierno democrático y plural. La disposición a escuchar y aprender es indispensable para corregir, aprender de los demás, enriquecer las ideas y orientar el rumbo. En democracia, las diferencias nos distinguen, no nos separan.

No obstante, Voltaire nos previene del riesgo, que en aras de la tolerancia perdonemos las insensateces, ya que la intolerancia es una insensatez que no se debe tolerar.

Aquí es donde también la memoria nos recuerda otra condición: mantener la actitud crítica frente a las posturas que creen tener la razón histórica y ser la verdad única frente a los retos de nuestro tiempo.

Recordemos que, frente a tales extremos de intolerancia y dogmatismo, la modernidad democrática fundó el régimen de libertades y garantías de los derechos humanos que encarnan la democracia constitucional y el Estado de derecho.

Esta es, –a mi manera de ver y toda proporción guardada– la ruta que hemos emprendido y de la que no nos podemos desviar: fortalecer las instituciones y los controles constitucionales de la democracia representativa y participativa para consolidar el Estado, el cumplimento de la ley por gobernantes y gobernados, y asegurar los derechos y libertades de la ciudadanía.

Amigas y amigos, señoras y señores:

El ciclo de reformas transformadoras que ha impulsado el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto –en mi país, y del que he sido partícipe en los años recientes desde la tribuna parlamentaria– tiene el firme propósito de consolidar el Estado mexicano. No tengo ninguna duda, la ruta es la correcta.

Pero hay que volver la vista y atender la tríada de valores supremos que nos legó la modernidad democrática: la libertad, la igualdad y la fraternidad.

El puente entre las primeras, escribió Octavio Paz, es la fraternidad, la fraternidad que es común a las grandes corrientes de pensamiento finiseculares. Dijo, “en uno de sus extremos —cito al poeta– la libertad es singularidad y excepción; en el otro, es pluralidad y convivencia. Por todo esto, aunque libertad y democracia –siguió diciendo–no son términos equivalentes, son complementarios: sin libertad, la democracia es despotismo, sin democracia, la libertad es quimera”.

Es algo parecido –digo yo– al dilema constante que se le presenta a un buen gobierno: descubrir la fina línea, casi invisible, de encontrar el equilibrio entre el orden y la libertad. Una sin la otra, termina lastimando a la sociedad y lo que es peor, en una democracia, el exceso de una sobre la otra, acaba con los derechos de todos. Eso, sólo lo puede resolver una buena política.

Por ello, por más contrastes que veamos aún entre la modernidad y el atraso, entre la opulencia y la pobreza extrema, no perdamos la perspectiva: es posible remediar y mejorar la situación con la voluntad inquebrantable de libertad y justicia del pueblo mexicano y la fraternidad de los países hermanos. Así lo haremos sin duda. Es nuestro deber.

Excelentísima señora embajadora, amigas y amigos de México y de Francia:

 

Sólo me resta reiterar mi sincera gratitud por el señalado Honor que se me confiere el día de hoy, deseando para Francia, su gobierno y su pueblo admirable, un presente luminoso y un futuro compartido de prosperidad, justicia y paz en el que florezca aún más la amistad entrañable de mi patria con la suya.

 

Contribuir a ello es el compromiso que asumo como miembro de esta Legión de Honor, en grado de Caballero.

 

Muchas gracias.

 

Merci beaucoup.

 

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